The Wind Rises

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“Le vent se lève, il faut tenter de vivre” – Paul Valéry

Con un nudo en la garganta – al igual que durante casi toda la película y hasta media hora después de haber terminado – me dispongo a hablar de lo que ha sido el último film de Hayao Miyazaki. Su última película había sido en el 2008: Ponyo en el acantilado y decidió regresar 5 años después con un filme basándose en la novela de Hori Tatsuo, escrita en el 1936-37, “The Wind has Risen”.

Y regresa a la gran pantalla ficcionando la vida de Jiro Horikoshi, jefe ingeniero de varias aeronaves utilizadas en la Segunda Guerra Mundial entre ellas el Mitsubishi A6M “Zero” y su relación con el personaje Caproni – un maestro italiano que planea su última obra aeronáutica. Hay claramente un paralelismo entre el personaje de Caproni y el propio director, ambos hablando de obras de arte (películas o aviones, qué mas da) y cómo los dos, con una gran obra maestra, deciden retirarse de lo que fue su pasión que los acompañó toda su vida.

Este último filme de Miyazaki ha generado muchas críticas en Japón y Estados Unidos, y es que The Wind Rises tiene muchos toques excesivamente realistas para una película en animación: enfermedad, desastres naturales, guerras, muerte, la imposibilidad de conseguir los sueños… ¿Pretendía el director enaltecer el imperialismo de Japón o contar de forma indirecta lo desoladora que queda una nación durante y tras la guerra?

En esta película acompañamos desde la infancia la vida de Jiro, un protagonista varón (inusual en Miyazaki) que crece demasiado rápido, siempre optimista de que conseguirá lo que siempre ha soñado de pequeño. Una historia que funciona tanto cuando uno está lúcido, como cuando sueña, relatándonos las andanzas del protagonista, que consigue llegar muy lejos – y muy alto- con su par de gafas y su cartabón. ¿Pero soñaba que hacía armas de guerra, o vio mermados sus sueños por culpa de la guerra?

Es interesante cómo el reiterante tema del vuelo está presente en este filme, esta vez de una forma clara e indudable, de una forma muy distinta a la de Porco Rosso (1992) en la que envueltos en la Primera Guerra Mundial, se narra la historia de un aviador freelance que combate contra los piratas del aire. En tiempos de guerras, en los que todo se desmorona y se quema alrededor, el amor puede surgir, y esto se ve en ambos aviadores.

Con la narrativa propia de Miyazaki, resulta una película de ritmo lento – y no lenta- en las que los cuatro elementos de la naturaleza juegan un papel muy importante, alternándose entre ellas: el fuego, la tierra, el agua y… el viento. Un viento que levanta paraguas y vestidos, una tierra que descarrila trenes, un fuego que arrasa con ciudades enteras y un agua que cura las heridas.

Llama la atención la diversidad y pureza de las relaciones existentes entre los personajes: es muy bonito el trato de la amistad entre Jiro y su compañero; el fuerte personaje de la hermana pequeña – muy tenue pero importante para el desarrollo de la historia – y el jefe Kurokawa, que da un tono cómico a un argumento que por momentos se vuelve tan triste y desolador, sin hablar de la relación de Jiro con Naoko: sutil, eterna y fugaz como el vuelo de un avión de papel.

Es una bella pieza con la que Miyazaki se despide, diciendo “adiós” desde lo más alto del cielo.

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